miércoles, 25 de enero de 2012

UNA TEORÍA

Los monos seguimos devotamente el juicio de los trajes, no es que hayamos entendido mucho los aspectos técnicos ni periciales, ese lenguaje farragoso nos agota, pero sí que nos han fascinado las impagables secuencias de video donde Costa luce un reloj de plástico o Camps se compara a sí mismo con el Santo Job o el juez los riñe por estar todo el rato jugando con el móvil. También nos chiflan los detalles del juicio a Matas, sobre todo los relacionados con su señora comprando escobillas de oro para el escusado (seguro que lo llama así) por no hablar del kafkiano (no es un adjetivo que nos guste, por trillado, pero en este caso se ajusta como anillo al dedo) triple proceso contra Garzón por parte de un franquismo supuestamente sin poder en este país. Además está el fenómeno Urdangarín y todo lo que lo rodea. Y fue así, leyendo la prensa acerca de estos juicios y otros acontecimientos recientes, que encontramos el patrón que une todos los casos, sí, hallamos el trazo que une los puntos inconexos y dibuja la respuesta al enigma de por qué estamos como estamos, lo vimos claro, igual que Sherlock Holmes. Nuestra teoría es la siguiente: las esferas de poder (políticas, judiciales, monárquicas) en este país están repletas de psicópatas, no de malos gestores ni de irresponsables y ni siquiera de ladrones, sino de auténticos psicópatas (y no psicópatas de esos que resuelven crucigramas muy deprisa y construyen barcos con palillos, sino del estilo de Norman Bates o Charles Manson).

Se define como psicópata a aquel que no es capaz de empatizar con el prójimo ni siente remordimientos, se dice del psicópata que cosifica a las personas a su alrededor y por eso las usa para sus propios intereses. A pesar de conocer las reglas y convenciones sociales, un psicópata se rige por sus propios códigos de comportamiento y muestra una rotunda falta de sinceridad. Entonces, ¿cómo explicar si no ciertos comportamientos? ¿cómo explicar si no su total convencimiento de que hacían lo correcto? ¿cómo explicar si no (y esto se lo avanzamos los monos en primicia tras llamar a Sandro Rey, nuestro adivino favorito) las inocuas sentencias que saldrán y el irrisorio tiempo en la cárcel que esta gente pasará? ¿cómo explicar si no que la Comunidad Valenciana se haya convertido en el Eje del Mal de la gestión pública y aún nadie, insistimos, nadie haya entonado un leve mea culpa? ¿cómo explicar si no que sus habitantes nos hayamos convertido en la risa de España, con lo que molábamos antes? ¿cómo explicar si no la curiosa temporización de todos estos juicios? ¿cómo explicar si no ...

Así, que entre quienes ostentan el mando abunden los psicópatas es una única respuesta coherente para toda esa batería de preguntas a la vez, sin contradicciones ni cuestiones irresolutas. Si estas criaturas ya sufrían ese trastorno mental antes o es consecuencia de la exposición continuada a la fuente de poder, ese es otro asunto, pero todo encaja: nuestra Teoría de la Psicopatía es al actual estado de la nación lo que la Teoría de Cuerdas a la física teórica. Por tanto, si quieren enterarse de lo ocurrido estos últimos años no hace falta que vean Inside Job, mejor descarguen La Matanza de Texas. Pero, en fin, tampoco se alarmen demasiado, podríamos estar gobernados por vampiros o por reptiles, lo cual, quién sabe, sería incluso peor.


[columna publicada en el diario Levante el 25/01/2012]





miércoles, 18 de enero de 2012

DE DOMINGO

Hace tres días nos enfundamos el uniforme de domingueros y salimos a dar un garbeo. Y huelga decir que lo hicimos por voluntad propia, porque nosotros quisimos, sin que mediase amenaza ni ultimátum ni secuestro alguno, no vayan a creer, porque a los monos nos gusta mucho, mejor dicho, nos encanta, eso de pasear y contemplar los árboles y los bichos que se posan en los árboles y se cagan en los coches. Salimos a dar una vuelta, ya saben, una de esas vueltas que incluyen parada en gasolinera a comprar el diario, gafas de sol limpias, tapita y cerveza en la plaza del pueblo a visitar, comilona y suvenires, el pack completo, vamos, y ya de regreso al confort hogareño otro de los domingueros tuvo la brillante idea de visitar el aeropuerto de Castellón (tomémonos esto en serio, hay un aeropuerto y lo fuimos a visitar, ¿qué hay de raro?), ya que pillaba de paso, a lo que accedimos con gusto, pues los monos, la verdad, mucho protestar pero todavía no habíamos contemplado tan magna obra. Al aeropuerto no pudimos acceder pero en cambio sí pudimos disfrutar en todo su esplendor de la sobrecogedora estatua de la entrada y cierto es que con eso ya amortizamos el viaje (vayan a verlo, no se corten, lo han pagado ustedes y deberían estar orgullosos). Al entrar en casa, encendimos la tele (es lo primero que hacemos) y en un canal de tercera división echaban una película, bastante cutre, llamada Erin Brockovich, donde Julia Roberts emprendía una cruzada contra una compañía que le hacía cosas malas a la gente aunque, siendo sinceros, entre una pesadísima digestión y los escotes de la Roberts, no nos terminamos de enterar muy bien de qué iba todo aquello.

Lo que sí extrajimos de aquella monumental modorra es una conclusión: el espíritu Erin Brockovich escasea por aquí. No queremos decir con ello que escaseen mujeres altas de grandes bocas, no, sino denuncias frente a las irresponsabilidades, sobre todo las perpetradas con nuestro dinero. Nos referimos a denuncias por daños y prejuicios, ese concepto tan americano, y es que no sólo lo ilegal merece ser juzgado, también lo irresponsable debería serlo (aunque es la opinión de unos simples monos, quizá estemos equivocados). De hecho, en ocasiones como la que nos ocupa, es muchísimo más grave la irresponsabilidad del proyecto que cualquier ilegalidad cometida por el camino. Porque, supongamos que esa cosa que visitamos el domingo (que, insistimos, sobrecoge, signifique lo que signifique el verbo sobrecoger) hubiese sido hecha de acuerdo a la más estricta legalidad (hagan ustedes este ejercicio de imaginación), entonces, ¿ya está bien así? ¿Con ser legal deja de ser una fechoría? ¿Nadie se hará responsable de eso, jamás, mientras aquí al lado hay chavales de instituto que se traen los folios de casa porque no hay dinero para papel? ¿Tendremos eso ahí para siempre mientras hay niños (y esto sobrecoge más aún) que van al colegio con mantas para no pelarse de frío porque no hay dinero para calefacción? ¿Se les está dañando y perjudicando a esos niños? ¿Nadie admitirá al fin que, ejem, igual no era buena idea levantar ese monstruo de cemento en lugar de, tal vez, mejorar el acceso a ese otro aeropuerto que hay a 50km? ¿Ninguno de los (ir)responsables saldrá a pedir perdón? ¿Ni un poquito? ¿Un poquitín? ¿Aunque sea un mínimo gesto? ¿No? ¿En serio que no?


[columna publicada en el diario Levante el 18/01/2012]



miércoles, 11 de enero de 2012

FUSIBLES ROTOS

Anoche los monos viajamos en el tiempo. Bueno, ciñéndonos estrictamente a los hechos no es que viajásemos en el tiempo sino que se fundió un fusible y saltó un diferencial y se fue la luz de casa y al despertar vimos como el microondas se había vuelto loco y todos los relojes parpadeaban y creímos, sin ninguna explicación más allá de nuestro aturdimiento nocturno y un par de copas a deshoras, que habíamos viajado adelante en el tiempo más de doscientos años. En el momento de escribir estas líneas, eliminadas las legañas y vaciado el orinal, nos damos cuenta de lo ingenuos que fuimos al creérnoslo, pero como les íbamos contando, los monos, por unos pocos minutos y hasta que conseguimos desperezarnos del todo, estuvimos mentalmente en el año 2222. Lo más curioso de todo es que, durante esos sonambúlicos minutos, nuestra mente, de alguna bizarra manera para cuya justificación sería necesario explicar aquí la teoría de las supercuerdas y el gato de Schrödinger y la temporada final de Perdidos y no disponemos de espacio para nada de eso, nuestra mente adquirió ciertos conocimientos propios de ese año del señor por venir. Por eso puede decirse que, en realidad sí que estuvimos en el año 2222. ¿Y qué es lo que vimos? Absolutamente nada. Basura cósmica, eso vimos.

Flotábamos en un éter blanco que olía a lejía, en las mismas coordenadas espaciales en las que ahora mismo da vueltas el planeta Tierra, concretamente en las mismas coordenadas de nuestra casa marina. Y a lo lejos atisbamos otro mono flotando en el éter. Nos dirigimos hacia él en una peliculera mezcla de pedaleo y nado a braza en mitad del vacío y al encontrarnos nos saludamos, le preguntamos dónde estábamos. Y nos dijo que en el año 2222 y en la Tierra. Que en el 2112 se acabó el mundo. ¿En serio?, le replicamos. Sí, nos respondió, los mayas acertaron al menos una vez. Llevo aquí mucho más tiempo que tú, prosiguió, pues en mi casa no hay nadie capaz de cambiar un puñetero fusible, y para distraerme he hurgado en los escombros espaciales y averiguado algunas cosillas. El mundo terminó porque a un científico loco con bata y greñas le dio por fabricar algo llamado la Terrible Máquina de Acabar con el Mundo. Parece ser, continuó ese otro mono flotante, que estuvo diseñándola y construyéndola durante diez años y, cuando la tuvo lista, pulsó el Botón Rojo y Gordo de la Terrible Máquina de Acabar con el Mundo. Y así es cómo llegó la Historia llegó a su fin. ¿Y nadie sabía a qué se dedicaba ese científico loco?, preguntamos los monos, acojonados hasta él tuétano. Una sola persona lo sabía, el Rey de Alemania, territorio que en 2112 comprendía todo el continente europeo, nos respondió. Tal monarca le concedió al científico loco un premio a la tarea investigadora y durante su audiencia privada salió a la luz el delicado tema de su Terrible Máquina de Acabar con el Mundo y sus intenciones para con ella. Tras escuchar al científico loco, el Rey de Alemania decidió que lo mejor era mandarlo a Washington D.C con todos los gastos pagados, esa fue su monárquica solución al problema de la Terrible Máquina de Acabar con el Mundo. Cuando entonces, en el presente, otro mono cambió el fusible roto y nos hizo regresar a nuestra casa y a nuestro tiempo. Un tiempo que, por suerte, nada tiene que ver con ese futuro.


[columna publicada en el diario Levante el 11/01/2012]




miércoles, 4 de enero de 2012

MALO, MALO

Uf, menudo alivio. Llevábamos meses creyéndonos que Mariano no tenía ninguna solución a esto de la crisis, que lo único que pretendía era llegar al poder como fuese y por eso decía que no subiría los impuestos y ahora los sube, y por eso decía que no recortaría a los pensionistas ni a los funcionarios y ahora lo hace; llevábamos meses creyendo que Mariano sería presidente por defecto, porque no había nada mejor, desconfiando sin motivo alguno, y ahora resulta que nos trae un regalo de reyes inmejorable: el banco malo. ¡Tachán! Sí, lo que los monos nos habíamos pedido en la carta junto con el scalextric. La verdad es que, una vez explicado detenidamente tal y como se le explican las cosas a un niño tonto, la genialidad de este invento del banco malo radica en su extrema sencillez. Se trata de un banco artificial que absorbe todos los productos tóxicos (disculpen la cantidad de cursivas pero es complicado) del resto de bancos de modo que éstos se queden limpios. ¿Y quién pondrá el parné para constituir ese banco malo? Pues los monos, naturalmente. ¿Y a qué precio comprará ese banco malo los productos tóxicos de los bancos buenos? Al precio que a éstos últimos les de la gana, naturalmente, no sea que se queden sin capital si se conviertan en bancos zombis (en serio, el concepto existe, lo hemos leído en un artículo esta semana). Además, hemos estado pensando entre mazapán y polvorón, que este banco malo, ya que lo pagamos nosotros, podría quedarse también con todas las hipotecas impagables de cualquier mono de a pie que se precie, o de todos los créditos en condiciones esclavistas. O de todas las vajillas de regalo o de todos los ipads a plazo fijo. No nos parecería justo, ni a nosotros ni seguro que a Mariano tampoco, que el banco malo únicamente se quedase con los productos tóxicos del resto de bancos, debería quedarse con todos los productos bancarios tóxicos que encontremos en nuestros propios bolsillos. Para no acabar convertidos nosotros mismos en zombis. Y yendo más allá, y siguiendo con esa costumbre tan nuestra de colocar a nuestros exdirigentes en puestos de responsabilidad en entidades financieras, este banco malo podría estar dirigido por unos cuantos de nuestros exgobernantes tóxicos. Seguro que se les ocurren varios. Los pondríamos a dedo, ya que Mariano nos quiere convertir a todos en banqueros (como su amigo Rato ya hizo en aquella antológica propaganda de Bankia, ¿recuerdan?) y, por tanto, tenemos derecho a decidir sobre nuestro propio banco. Qué bien, oye. Qué tranquilidad. Y después, ¿qué haremos con el banco malo? ¿Le pegaremos fuego para cobrar el seguro, con todo dentro? ¿Constituiremos una Espala mala para que se lo quede? Sorpréndenos, oh, Mariano.


[columna publicada en el diario Levante el 4/01/2012]




lunes, 2 de enero de 2012

FOREVER YOUNG

Para concluir el año 2011 de Nuestro Señor, y a causa de una aplastante aclamación popular que ya empezaba a abarrotar el buzón marino de los monos, regresamos con nuestro serial de Las Bandas Más Molonas de los Años Ochenta. Hubo una banda alemana de snyth-pop llamada Alphaville, a la que tal vez ustedes no recuerden aunque seguro que conocen alguno de sus temas, como aquella maravilla bailonga titulada Big in Japan. Pero hoy nos referiremos a otro de sus himnos, Forever Young, una suerte de poesía melancólica que habla del paso del tiempo y del hedonismo de la carne y del síndrome de Peter Pan (Bob Dylan también tiene una canción llamada Forever Young pero los monos, faltaría más, no hablamos de cantautores).

Y es que en estas fechas percibimos nítidamente el paso del tiempo, las arrugas surcan nuestros rostros y los de nuestros familiares, el acné aparece en las mejillas de esos que gateaban hasta hace cuatro días, los polvorones nos ocultan el cinturón y tanto el alcohol como las substancias espirituosas no es que nos sienten mal, que ya, sino que nos hacen estar “graciosos”, que es aún peor. Son fechas en las que todos deseamos ser por siempre jóvenes, incluso nuestro adorado y honorable expresidente Francisco Camps, a quien le gustaba “adquirir” sus ropajes (los monos queremos señalar aquí lo desesperantemente complejo que resulta encontrar la palabra adecuada para definir el modo en que esos trajes pasaban a ser suyos) en una tienda llamada Forever Young. Porque él también quisiera regresar a tiempos pasados, tiempos en los que el dinero público chorreaba y a los valencianos, con ese mesenfotisme tan nuestro, nos daba igual, aunque eso repercutiese en menos medicinas para nosotros, menos atención para nuestros mayores o menos escuelas para nuestros hijos, qué más daba, los otros robaban más y la culpa era siempre de MadriZ.

Lo verdaderamente curioso, nos dice una mona muy despierta, es que ahora nos escandalizamos al ver las apocalípticas barbas del vecino remojar, nos tememos lo peor y tratamos de rascar euros recortando en sanidad y en educación cuando en la época de vacas gordas nadie se acordó de los hospitales ni de las escuelas. A ninguno de nuestros faraones se le ocurrió invertir en educación ni en sanidad la mitad de la mitad de lo que “invirtieron” (otra palabra ciertamente difícil de localizar) en cosas tan urgentemente necesarias como el golf, la formula 1, la Copa América, los parques temáticos o el Aeropuerto de los Conejos. Tal vez por eso Francisco Camps frecuentase la tienda Forever Young, además de para sentirse por siempre joven con sus trajes a medida, para sentirse invadido por una reconfortante nostalgia de un pasado hermoso y quizá irrepetible, de un pasado en el que sobraba el oro para monos y faraones y éstos se comportaron como papanoeles borrachos con el saco lleno de billetes ajenos. Hay que verlo así, como una llamada melancólica de este hombre atormentado e inclementemente bronceado. Pero, por más que lo cantemos, es sólo una canción.


[columna publicada en el diario Levante el 28/12/2011]