miércoles, 5 de octubre de 2011

MINOTAURO EMBOLAO

Si la semana pasada les contábamos nuestro breve encuentro con una mujer del futuro que nos habló sobre la Antigua Grecia, hoy nos toca hablar del pasado. Y también de la Antigua Grecia. De un pasado que nos provoca contradicciones místicas y dudas acerca de nuestra verdadera condición. Y es que esta semana son fiestas en el pueblo.

Vaya por delante que los monos, como animales que seguimos siendo hasta que ustedes los humanos nos reconozcan como iguales (aunque ese será otro debate), repudiamos tajantemente cualquier festejo en el que se humille, se torture y después se asesine a un animal, aunque sea una bestia nada antropomórfica, como el toro. Pensamos que es una barbarie. Esto es lo que nos dice el atemperado hemisferio derecho de nuestro cerebro, y esta es la firme postura con la que salimos anoche de casa para dar una vuelta por la vila. Pero, claro, esta postura debe lidiar (nunca mejor dicho) con la del hemisferio izquierdo, la región cerebral que pilota nuestros instintos atávicos, una parte de nuestra conducta que se arrebata sin remedio al oler la sangre y escuchar los mugidos y sentir los gritos y contemplar el artístico y sofisticado espectáculo que ofrece toda esa gente borracha machacando a un animal con los cuernos en llamas. La violencia nos hace salivar y gritar, eufóricos, sin saber muy bien por qué, tal vez dominados por nuestro pasado. Nos retrotrae a un pasado medieval repleto de lanzas, orines y peste bubónica. Ahora ocurre lo mismo pero con iPhones, gintonics y éxtasis líquido.

Los monos observábamos el show debajo del carafal, indignados y excitados a un mismo tiempo, llorábamos y reíamos a la vez y la gente de alrededor nos miraba raro. Una lucha sin cuartel entre ambas partes del cerebro por tomar el control de nuestra conciencia que acabó generándonos una tensión y unos dolores de cabeza insoportables. Tuvimos que regresar a casa, zamparnos una caja de paracetamol y enrollarnos en las sábanas.

Y tuvimos un sueño, un sueño donde todo sucedía deprisa: Un hombre barbudo salía del mar con un hermoso toro blanco y se lo entregaba a un hombre narigudo para que lo sacrificase pero el narigudo no lo hacía y se quedaba con el toro y entonces el barbudo se vengaba embrujando a la esposa del narigudo para que ésta se enamorase del toro y la esposa del narigudo y el toro fornicaban y tenían un hijo con cuerpo de hombre y cabeza de toro, un monstruo que sólo comía carne humana, y el narigudo, enojado con su zoofílica esposa, decidía encerrar al monstruo en un laberinto y alimentarlo con cuerpos adolescentes capturados al enemigo en la guerra y allí estábamos nosotros, descargando en el laberinto un camión repleto de jóvenes atléticos y hermosas doncellas y le preguntábamos al monstruo qué tal le iba, le comentábamos nuestros dolores de cabeza, le pedíamos que aclarase nuestras dudas y nos interesábamos por su opinión al respecto, una opinión verdaderamente a tener en cuenta pues es mitad hombre y mitad toro y puede situarse en ambas partes del conflicto y el monstruo nos respondía qué sé yo, monos, llevo encerrado aquí miles de años, mi vida es un bucle, todo esto ha sucedido y volverá a suceder, así que descargad ahí a esos jovenzuelos y enseguida os firmo el albarán.

[columna publicada en el diario Levante el 05/10/2011]